OPINIÓN SOBRE TIPOS Y TENDENCIAS

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Breve resumen morfológico:

El standar oficial de ANCAE coincide en lo sustancial con el publicado en el BOE: ambos describen una estructura que conjuga en perfecto equilibrio velocidad-potencia y resistencia; un perro longilíneo sin excesos; bastante angulado delante y detrás; línea dorsal recta; aplomos delanteros y traseros paralelos; buena longitud de brazos y piernas; osamenta fuerte sin llegar a pesada. Manos grandes. Hocico de buena longitud (35 a 37% de la longitud total de la cabeza); ancho y sólido. Con belfo moderado y stop bien marcado. Mordida ajustada -se tolera un ligero prognatismo no obstante- y boca bien dotada de piezas grandes y perfectamente alineadas. El movimiento es muy felino y cadencioso en el paso; típico de un depredador “acechador”. Al trote desliza sus manos muy hacia delante abarcando mucho terreno; a lo que contribuyen sus angulaciones y la longitud de sus extremidades. ARMONÍA dentro del tipo molosoide puede ser la palabra que mejor define la estructura de un buen Alano.

Cabeza (y tendencias)

Nuestro ideal se ajustará al término medio entre los distintos tipos que han existido tanto históricamente como en la actualidad. (Ver "escala de tipicidad"). En contraposición a las triangulares y “avillanadas” cabezas de tipo lupoides o lebroides, y a las exageradamente braquicéfalas, se situa un concepto que conjuga potencia con armonía. Dentro del abanico acotado por los términos medios, nuestra tendencia está más orientada a la “naturalidad” que a la exageración. Muy en la línea de ejemplares contemporáneos - como Rebollito o Pizarro -, se trata de fijar expresiones que conserven fielmente la impronta de sus antecesores -Belmonte; Carbonero; Txakur; Godo; Niebla; etc…- Me permito acuñar los términos coloquiales de “bloque” o “adoquín” para referirme a una cabeza que caracteriza una tendencia muy apreciada –en especial por el entorno cinegético - y que representa una apuesta de futuro interesante por los argumentos históricos y funcionales a su favor (1). Este tipo de cabeza se estructura formando una especie de bloque compacto donde hocico y cráneo se integran constituyendo una unidad continua y sólida; sin rupturas exageradamente marcadas entre ambos elementos. Un hocico de buena longitud –no demasiado corto – y anchura, da paso a un cráneo recto con un stop suficiente pero no exageradamente marcado; sin abundancia de pieles, arrugas ni belfos. La línea del hocico se presenta más o menos paralela a la del cráneo; ese es al menos el aspecto que debe transmitir a simple vista. A este conjunto lo venimos denominando como una cabeza “seca en forma de bloque”.

Historia y tipologías

…. (1) La variabilidad de tipos y opiniones no son exclusivas de nuestro tiempo: la evolución de estas agrupaciones osciló históricamente entre el impulso estético - creativo del hombre en su afán de manipular hasta la exageración (=hipertipicidad) -, en contraposición al pragmatismo funcional; genuino “control de calidad” que diluiría esos rasgos de hipertipicidad hasta la armonía necesaria para un perro de trabajo. A esta “dilución” no siempre se llegaría como consecuencia del mestizaje, sino como fruto de un moldeamiento curtido en la funcionalidad y favorecido por la propia tendencia natural de la especie canina hacia los tipos más armónicos. De alguna manera, la frase que dice “el hombre propone pero la naturaleza dispone”, también se podría aplicar a la evolución de nuestro alano. Entendiendo por naturaleza el entorno de trabajo; funcionalidad que cincela, matiza y perfecciona los planteamientos que hace el hombre, en ocasiones movido por su arrogancia y sentido estético. Los tipos extremos pierden versatilidad funcional pero pueden ser de utilidad en dos sentidos: como especialización por un lado, y por otro, como complemento en la búsqueda del equilibrio entre tendencias. Respecto a la especialización, las estructuras más corpulentas suelen estar asociadas a cabezas voluminosas dotadas de hocicos anchos y cortos. Individuos que ganarán en "fuerza" en detrimento de velocidad y resistencia (además de cierta predisposición a prognatismos excesivos y problemas estructurales). Es por lo que han estado más especializados en ganadería para el agarre en distancias cortas. En el otro polo estarían las estructuras más “corredoras”, veloces y resistentes. Perros más ligeros de hocicos largos y puntiagudos que muerden en tijera y evocan reminiscencias hacia los tipos lebrel y lupoides. Esta tendencia puede solaparse o converger con el actual Villano (Villano = cruce de Alano con perros de pastoreo), con la consiguiente pérdida de “identidad presera” (=tipismo) y fuerza de agarre. Especialización más vinculada a las largas jornadas de caza mayor o al apresamiento de animales menos difíciles. Pero donde la raza muestra su clímax funcional es en la conjunción de la potencia con la resistencia; cualidades con las que el Alano Español reivindica su versatilidad funcional para cualquier disciplina de trabajo. Apostar por un “tipo extremo” como tendencia implicaría una grave restricción a su polivalencia funcional: ¿para qué un perro con una desmesurada potencia pero sin “llegada” (sin aliento) ni resistencia? O en el otro extremo, ¿para que un perro con la llegada de un podenco sin fuerza de parada o enzarzado en un lance a varios kilómetros de su montero exponiendo su vida inútilmente? La historia es buena consejera para encontrar consenso y nos ilustra la evolución de estas agrupaciones con un continuo devenir de fusión entre tipos complementarios que intercalan la vigorosidad de los más ligeros con la potencia de los más pesados. Iconografía y literatura demuestran que las distintas tendencias coexisten y se fusionan en equilibrio desde siglos atrás. Hasta tal punto es así que este panorama es el que caracterizaba al último reducto poblacional localizado en “Encartaciones”, donde una heterogénea y reducida población de tipos extremos coexistía con una mayoría poblacional en el tipo intermedio. Y no solo el núcleo de “Encartaciones”, sino otros parientes que emigraron, se establecieron y evolucionaron en otros continentes. La cabeza prototipo debe ser lo suficientemente poderosa para sujetar e inmovilizar a grandes animales, pero armónica. Una cabeza proporcionada y con un cierre de boca ajustado, contribuye a proteger la mandíbula y su dotación dentaria, facilitando una buena oxigenación además de una mejor movilidad y una mayor longevidad laboral. Ahora bien, polemizar con ese par de milímetros que diferencia una tijera de una tijera invertida o una mordida en tenaza, es una frivolidad propia de esteticistas cuando se está agarrando a un berraco de 150 kilos. Aunque el “esteticista” juega su papel en selección, tendremos que aclarar que ese par de milímetros que a boca cerrada diferencia unas mordidas de otras, pierde significación cuando a boca llena se ve inundada por un volumen de pieles de varios centímetros de espesor que media entre ambas mandíbulas. ¿Qué cazador cuestionaría el valor de su mejor Alano en función de ese milímetro en una boca de por sí bien “ajustada de llaves” (3)?
(3) “Ajuste de llaves”; es el término con que identificamos al tipo de mordida que independientemente de su caracterización (tijera o prognatismo) presenta un encaje bien ajustado o entrecruzado entre colmillos. Hay que señalar que los pequeños matices vistos de manera aislada - como ese par de milímetros; el color de ojos; o la longitud del rabo por poner unos ejemplos,- quedan absolutamente eclipsados desde una perspectiva funcional por los parámetros verdaderamente importantes en un perro de trabajo. Y estos son el temperamento; el corazón y entrega en un lance; la rusticidad como adaptación a un medio hostil; la armonía o estructura general, etc. Aquí vuelve a ser necesario dar el turno de palabra a cazadores y ganaderos!!!!
Conjugar en equilibrio la capacidad de apresamiento con la resistencia, es lo que ha moldeado las estructuras craneales de razas como el “Dogo Argentino”; los antiguos “Presa Canario” y “Mallorquín”; algunos tipo “bull and terrier” seleccionados en USA para el trabajo (pits; staforshires; bulldogs líneas trabajo..); el antiguo “Dogo de Cuba”; los “Villanos de las Encartaciones”; el “Cimarrón Uruguayo”; y pocas más. Agrupaciones que junto a nuestro Alano Español –“padre” directa o indirectamente de todas ellas- componen ese segmento “híbrido” entre el concepto de “moloso extremo” y sus ramificaciones más ligeras (molosoides corredores). Ramificaciones que surgen en ocasiones como el subproducto de las reminiscencias de tipos más vivaces que influyeron evolutivamente en la propia configuración racial de los citados. Son incuestionables las aportaciones que los terrier; majoreros; villanos; mastines; lebreles y podencos o pastores, han tenido en algunas de las razas referidas, incluida la protagonista nuestro estudio.
Es obvio que en la antigüedad, el concepto de “pureza” estaba restringido a una cuestión funcional – dentro de un tipo más o menos identificable – más que a un riguroso control genealógico o a un estándar milimétrico. El conocimiento del medio histórico donde fraguaron estas agrupaciones –que a posteriori encasillamos como “razas” - nos hace concluir que este segmento funcional evolucionó sujeto al devenir de influencias más o menos tácitas. Ya la descripción morfológica más antigua que existe sobre el Alano plantea la existencia de distintos tipos, además de algunas imprecisiones propias del periodo que nos hace interpretarla con cautela y más como referente orientativo que como estándar. Esta perspectiva nos obliga a respetar la población origen del proceso y darle su justo protagonismo. Un reducto que sobrevive gracias a una sostenibilidad histórica puramente pragmática, no debe renunciar a su caracterización fenotípica. Dentro de todo el camino evolutivo que redefine a la raza, no hay nada más “auténtico” que los valores asociados a la adaptación al medio: rusticidad, funcionalidad, armonía, etc. Características presentes en buena parte de la población independientemente de su tipo o tendencia. Podemos mejorar la calidad media de la población; podemos homogeneizar - y reducir una cierta dosis de variabilidad sin reñir con la historia - para “adaptar” la agrupación al sistema y convertirla en raza definida. Pero lo que no podemos permitirnos bajo ningún concepto es transformar una población proponiendo “modelos” arbitrarios al gusto individual o colectivo de una demanda poco formada y alejarnos del tipo originario. El Alano del futuro tiene que seguir identificado a la población recuperada en forma y alma. El criador tiene además de una responsabilidad conservacionista, un cierto compromiso pedagógico para con el público profano. Algo que trasciende de lo puramente anecdótico como cosechar títulos o divulgar nuestra labor selectiva (aspectos también respetables de un criadero): se trata de transmitir una filosofía funcional y conservacionista heredada de nuestros precursores en el proceso de recuperación; se trata de no adaptar la selección a una demanda mal formada que solo busca espectacularidad y belleza, en ocasiones refinada. Me refiero a ese tipo de demanda capaz de desprecia a un magnífico ejemplar por tener una mano blanca, un rabo que pasa del corvejón o un milímetro de prognatismo; esos que no ven belleza en la rusticidad ni riqueza en la diversidad. Para estos ya existen razas afines mucho más “depuradas” por un entorno de selección endogámico, restrictivo y puramente estético. El perro de “tipo Alano” – como se le llamaba antiguamente, siempre abarcó mucho más que un acotado conjunto de genes en común. ¿Puede alguien decirme cuantos genes debe compartir una población para recibir el apelativo de pertenencia a una raza? Cuando tengamos delante de nosotros medio centenar de magníficos ejemplares con identidad racial, quizá podamos permitirnos el lujo de comenzar a hilar fino con los pequeños detalles de acabado, pero mientras tanto…. centrémonos en fijar lo verdaderamente genuino. Nadie puede discutir que seleccionar implica mejorar la calidad media de una población, pero mejorar no es desvirtuar el sello diferencial de la raza. Hay que esforzarse en conservar esa impronta difícil de definir con tecnicismos y que resumimos en vocablos como “sabor antiguo; identidad; esencia; rusticidad….”. Conviene señalar que estos valores se han manifestado en individuos de distinta tendencia. Si conservar este “sabor antiguo” pasa por respetar una sutil diversidad morfológica, veamos como compatibilizarlo con la cinofilia moderna.
Por último, de igual modo que no me parece recomendable proponer a las exposiciones como principal mecenas para la conservación de una raza funcional, -aunque sí como un magnífico escaparate de divulgación y punto de encuentro -, tampoco conviene delegar toda la responsabilidad conservacionista en los ya minoritarios entornos rurales donde aún hay quienes reivindican el mestizaje como baluarte funcional y donde a punto estuvo la raza de extinguirse. Ni uno ni otro colectivo aportan por sí mismo garantías suficientes para sostener un proceso de selección racial íntegro que satisfaga la demanda cualitativa y cuantitativa que experimenta la raza. Incontables son los ejemplos de razas de trabajo en origen que a partir de un puñado de décadas de selección puramente morfológica –comandadas por las exposiciones de belleza – involucionaron en clara regresión funcional hasta la invalidez para con sus funciones originarias. Quienes solo buscan una mera imagen física o una caricatura sin alma de lo que fue la raza, no son los perfiles adecuados para tener un alano y mucho menos para criarlos.
La estrategia conservacionista que recomiendo para evitar esto, pasa por afianzar alternativas funcionales en un contexto donde criadores - expositores; trabajadores deportivos; cazadores y ganaderos trabajemos de manera coordinada en la promoción y evaluación de los parámetros que posibiliten la perpetuación de algo más que un físico, pero también algo más consistente que unas aptitudes sin el chasis apropiado (sin tipicidad). Cada uno de los citados colectivos incidiendo en la medida que su especialización lo permita. Por muy poco que pudiera parecer, solo el hecho de disponer de individuos en el perfil conductual típico de la raza que presuman de un buen impulso de trabajo y presa; nivel de obediencia y aptitudes para la guarda, por ejemplo, ya sería más que nada y un buen paso adelante. Hacer seguimiento de nuestros mejores ejemplares cedidos en los entornos cinegéticos y utilizarlos como reproductores, viene siendo otra alternativa para quienes no podemos cazar de manera habitual. Algo que se viene practicando desde iniciativas individuales. Cualquier propuesta que complemente lo puramente morfológico y que motive al aficionado a trabajar con su perro, debería ser apoyada por las entidades que apadrinan nuestra raza. Dejar que se extingan un conjunto de caracteres atávicos forjados en siglos de selección porque estén cayendo en desuso, sería tan deleznable como permitir la demolición de una catedral gótica para hacer un rascacielos. El verdadero significado de este perro adquiere su esplendor cuando conjuga físico y atavismos.

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